martes, 2 de marzo de 2010

El Templo

Después de tantas aventuras, no creían haber llegado por fin a su destino: el Templo de Man'rak.
Parecía ayer cuando partieron de las tierras elfas para evitar una guerra, y habían cruzado el Velo Norte casi de punta a punta, luchado contra una extraña tribu que decoraba su cuerpo atravesandolo con ornamentos metálicos -algunos imbuidos con poderes mágicos- para venerar a su perverso dios, e incluso escapado de una bruja ogro y su hueste de hombres-rata.

Guardián se sentó en una piedra situada a pocos metros del portal del templo y examinó la herida de su brazo izquierdo, que todavía sangraba, mientras movía los dedos de la mano.
- Todavía no siento bien los dedos -dijo sin dejar de mirarse la mano-.
- Tienes suerte de que encontraramos hojas de Prístina en las Colínas Pardas -respondió la elfa mientras examinaba su arco para ver si no habia sufrido daños con el golpe-. Si no, el veneno ya te habría matado, deberías dar gracias.
- Gracias.

El mago se levantó mientras sonreía y se acercaba al portal del templo. Rebuscó en uno de sus múltiples bolsillos del cinturón y sacó un extraño polvo azulado con el cuál comenzó a escribir simbolos en las pequeñas puertas -para ser un templo, según pensó Kyra-. Visto desde fuera, el supuesto templo no parecía diferente a un cuarto de aperos o un refugio en la montaña, ya que lo único que se veía en esa zona de la pared de la montaña eran unas puertas de piedra pulida, de unos dos metros de altura, con un marco de tallado recto. Lo curioso era que no tenía asideros ni cerradura para abrirlas, y no parecía ser tan antiguo como afirmaba el mago.
Cuando Guardián terminó de dibujar en la puerta, cerró los ojos y recurrió a su voluntad durante unos segundos, concentrandose en su magia innata. Luego dijo una palabra.
- Ábrete.

Kyra sintió un leve silbido en sus oidos. Empezaba a acostumbrarse a esa sensación cada vez que el mago recurría a sus poderes. Cuando el silbido cesó, le pareció que los dibujos que había hecho el mago con el polvo azul se habían quedado grabados en la puerta en forma de tallados, y las mismas puertas empezaron a abrirse hacía adentro, sin hacer el menor ruido.
-Bien -dijo el mago girandose hacia la elfa-, yo he hecho mi parte. Ahora te toca entrar, y yo no puedo acompañarte.

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